UNA MIRADA SOBRE LOS PRIMEROS VERSOS
QUE TUVO EL TANGO

Séptima Parte
por Héctor Ángel Benedetti


Mil novecientos cuarenta. Una dominante en esta década fue Homero Manzi; quien ya en la perfección de su carrera, crea Ninguna, Mañana zarpa un barco, Barrio de tango, Tal vez será su voz, Fuimos, El último organito, Discepolín. Algunas líneas memorables como:

Tu canción
Tiene el frío del último encuentro,
Tu canción
Se hace amarga en la sal del recuerdo.
Yo no sé
si tu voz es la flor de una pena...

de Malena (1942), con música del pianista Lucio Demare, cambiaron para siempre al tango. Y así como hubo un antes y un después de Contursi, también con Malena habría de dividirse el género. (No es una simple visión maniquea; es una realidad que peliagudamente pueda refutarse). La primera grabación de Malena, a cargo de la orquesta de Aníbal Troilo con la voz de Francisco Fiorentino, es una de las más perfectas de toda la historia: se conjetura una combinación exacta de orquesta, cantante, autor, compositor y arreglo. De Manzi son, de igual modo, ciertos versos semejantes a visiones de un ensueño, como

Tu melena de novia en el recuerdo
Y tu nombre flotando en el adiós

en la primera estrofa de Sur (1948). Son éstos los trazos que permitirán veinte años después la llegada de poetas de la magnitud de Horacio Ferrer. Pero no nos adelantemos.

Cátulo Castillo (1906-1975), hijo de José González Castillo, es otro de los rimadores característicos de esta fase. Su comienzo fue como pianista, allá en su primera juventud, dando contexto de música de tango a las letras de su padre, de Alberto Franco o de Nicolás Olivari, aunque ya en 1925 Gardel le graba su Caminito del taller con letra y música propias. Como Manzi, es la década del cuarenta la que mejor caracteriza a Cátulo, quien eligió siempre una manera naturalmente evocativa para decir sus cosas: desde el metafísico Tinta roja hasta Café de los Angelitos y María; en años difíciles para el tango, el pueblo lo confirmaría tarareando Patio mío y La calesita.

Nacido en Campana, crecido en Zárate y afianzado en la capital porteña, cupo a Homero Expósito (1918-1987) aportar, con su refinamiento, alegorías peligrosamente modernas para el tango de aquella época. Tal vez no tanto en Al compás del corazón, que fue de las primeras obras en difundirse, pero ya sí a partir de Tristeza de la calle Corrientes, Percal, Farol, Yuyo verde, Trenzas y, sobre todo, Naranjo en flor:

Dolor de vieja arboleda
Canción de esquina

Ciertas letras dan la impresión de un ultraísmo menos propio del tango que de una revista literaria española de 1920; sin embargo, el uso de formas verbales extrañas a cualquier noción del tiempo les otorgó una envidiable perdurabilidad.

Hijo del legendario autor de Mi noche triste, José María Contursi (1911-1972) hizo girar toda su temática alrededor del amor imposible. Con una poesía habitualmente desnuda del lunfardo cuantioso de su padre (por lo cual no existiría una continuidad estilística entre uno y otro), en las variantes de Gricel, Toda mi vida, En esta tarde gris, Verdemar o Cristal (y algo antes en Vieja amiga) comunicó su propia melancolía con un idioma educado; y si bien no se dan en este Contursi los tropos excelsos de Manzi o de Expósito, tampoco se notan las ilimitadas jergas delictivas de la generación que lo precedió.

Otros poetas relacionados a esa modalidad intermedia —desprovista tanto de lunfardo como de complicaciones simbólicas— fueron Carlos Bahr (1902-1984), iniciado algunos años antes, que se destaca por No te apures Carablanca, Mañana iré temprano, Corazón no le hagas caso y Soledad la de Barracas; Héctor Marcó (1906-1987), de comienzos más lejanos todavía, con el romanticismo de Esta noche de luna, Nido gaucho y Corazón; Leopoldo Díaz Vélez (n. en 1917), aún activo, con uno de los grandes triunfos bailables de entonces: Muchachos comienza la ronda; y el llamado “Hombre Gris de Buenos Aires”, Julián Centeya (1910-1974), que fue un excelente poeta lunfardo, pero que mucha veces lo omitió en sus letras de tango, como La vi llegar y Claudinette.

© 2006, Héctor Ángel Benedetti.

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