UNA MIRADA SOBRE LOS PRIMEROS VERSOS
QUE TUVO EL TANGO

Sexta Parte
por Héctor Ángel Benedetti


Durante la denominada “Década Infame”, la actividad de los letristas resultó más bien despareja. Celedonio Flores, García Jiménez y Héctor Blomberg presentaron algunos de sus mejores tangos, para luego casi desaparecer opacados por la aparición de la nueva poesía de los cuarenta; en especial de la mano de Héctor Expósito, Cátulo Castillo y Homero Manzi.

De este último podría decirse, sin deslucir sus acabadas creaciones, que en los años treinta está aún en una etapa de búsqueda cuyo esplendor vendrá en el siguiente decenio. Cadícamo y Discépolo, en cambio, consiguen un apogeo que se mantendrá en lo sucesivo. Salvo excepciones destacables, los demás poetas languidecen sin aportar gran cosa. Algunos hasta se mueren.

En realidad, las revelaciones más significativas de los años treinta fueron Luis César Amadori (1902-1977), Francisco Gorrindo (1908-1963), Luis Rubistein (1908-1954), Mario Battistella (1893-1968) y, especialmente, Alfredo Le Pera (1900-1935).

Amadori, hombre vinculado al espectáculo de revista y luego a la cinematografía, por estos años hace Rencor, Cobardía, Madreselvas, Ventanita florida, Vendrás alguna vez, Portero suba y diga (uno de los éxitos de Agustín Magaldi), Confesión (junto a Discépolo) y varios más. Su temática consiste en las vicisitudes del amor: el odio, la añoranza, la infidelidad, la expectativa:

Vendrás alguna vez, decíme;
Decíme si es que nunca, nunca volverás…

En cambio Gorrindo, en contraposición a Amadori, destila una especie de odio mal contenido que acaba por estallar en ese panegírico del resentimiento que es el tango Las cuarenta. También Gólgota, Mala suerte y Paciencia son otras muestras del desengañado Gorrindo, poeta que fuera en los años noventa reivindicado por gente del rock, que vio en él un autor sin falsos mensajes de esperanza. Llega a decir:

Hoy no creo ni en mí mismo…

Desde Tarde gris e Inspiración, ambos de 1930, el sentimiento que Rubistein reflejó con estilo sincero aparece en Nada más, Charlemos. En realidad, Rubistein venía escribiendo desde varios años antes; pero es en los treinta que alcanza su punto máximo. Nadie queda exento de emoción oir a Carlos Gardel cantar:

La tarde gris, tan gris como mi pena
Acompañó mi quebranto por tu herida…

De tempranos intentos en la década anterior, Battistella es notable por las creaciones de este período: Me da pena confesarlo, Melodía de arrabal, Cuartito azul, Remembranzas, y la descripción de un profundo problema social en Al pie de la santa cruz, en pleno 1933:

Declaran la huelga, hay hambre en las casas,
Es mucho el trabajo y poco el jornal…

Por último, Le Pera irradia desde los discos y las películas de Gardel un talento romántico de expresión refinada, capaz de lograr una frase tan gloriosa como:

El día que me quieras
Endulzará sus cuerdas el pájaro cantor.

Quedó en el cancionero gracias a Volver, Golondrinas, Mi Buenos Aires querido, Soledad, Cuesta abajo, la citada El día que me quieras y otras veinticuatro creaciones más; todas con el sempiterno vínculo gardeliano.

Gracias a la perspectiva otorgada por el tiempo, hoy puede decirse, en líneas generales, que la década del treinta representó para los poetas un período de transición, de búsqueda de sus exactas posiciones y estilos. Muchos quedaron encabalgados entre un período de consolidación para la letra de tango (la década del veinte), y un período aún por llegar, y que ya comenzaba a vislumbrarse, de renovación en el lenguaje (la década del cuarenta).

© 2006, Héctor Ángel Benedetti.

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