UNA MIRADA SOBRE LOS PRIMEROS VERSOS
QUE TUVO EL TANGO
Quinta Parte
por Héctor Ángel Benedetti
Avanza la década del veinte. Enrique Cadícamo (1900-1999) surge en 1925, gracias a la grabación que hace Gardel de su tango
Pompas de jabón. Poeta de fecunda polirritmia (pero de irrebatible fuente porteña), acreditó desde entonces unas mil trescientas piezas compuestas. Sus tangos oscilaron entre diversos temas y lenguajes, por lo que sería vano encasillarlo: cualquier obra suya lo representa. Salió airoso en todas las épocas, tal como lo demostraron
Anclao en París, La novia ausente, Muñeca
brava, Che papusa oí, Al mundo le falta un
tornillo, Madame Ivonne, Nunca tuvo novio, Pa’ mí es
igual, A pan y agua, La casita de mis viejos,
Nostalgias, Los mareados, Nieblas del
Riachuelo, Rondando tu esquina, Ave de paso,
Garúa, Por la vuelta, Tres amigos, etcétera. Cadícamo fue un hombre de la bohemia porteña y parisina, retratada en sus tangos y en sus libros.
De la mano de otro autor, en 1926 apareció una obra clave:
El ciruja, con letra de Francisco Alfredo Marino (1904-1973) sobre música del bandoneonista Ernesto de la Cruz. Nunca antes un tango había acopiado semejante cantidad de lunfardismos. Tal vez no hubiera pasado de una simple prueba, de una acrobacia verbal sin mayor interés que el puramente filológico —y hasta por ahí no más. Pero se convirtió en un paradigma. Lo estrenó en el café El Nacional el cantor Pablo Eduardo Gómez, de quien se ha dicho que fue el encargado, además, de darle título.
En aquel mismo 1926 Enrique Santos Discépolo (1901-1951) dio a conocer
Que vachaché, en Montevideo; pero el éxito de este tango llegaría recién en Buenos Aires de la mano de la cancionista y actriz Tita Merello. Discépolo es la otra gran aparición de de estos años: fue capaz de repartirse entre compositor, letrista, director de orquesta, actor, guionista y director teatral y cinematográfico, estrella de la radio y exponente máximo de esa tan comentada y peculiar filosofía porteña. Al igual que su hermano Armando, aunque este prefiriera otra disciplina, Enrique manejó como pocos —o mejor aún, como ninguno— lo grotesco; también fue suya una despiadada introspección y una perspicacia fuera de lo común para el análisis del sufrimiento. Con
Esta noche me emborracho, en 1928, su nombre quedó definitivamente sujeto a la canción popular, ante el solaz de los (muchos) cantantes que insistieron con sus versos. Justificó su multiplicidad de enfoque en un catálogo donde convivieron sin problemas
Yira yira, Uno, Chorra, Sueño de
juventud, Victoria, Secreto, Malevaje, Canción
desesperada, Cafetín de Buenos Aires, Justo el treinta y
uno, Sin palabras y muchas canciones más. Un tango suyo de 1935,
Cambalache, es hoy decididamente el segundo Himno Nacional de los argentinos; fue venerado, criticado y hasta prohibido.
Si bien la figura de Homero Manzi (Homero Nicolás Manzione, “El Bardo de Añatuya”, 1907-1951) está vinculada sin discusión a los años cuarenta, es justo recordar que uno de sus poemas más bellos aparece en aquel prodigioso 1926. Se trata del tango
Viejo ciego, que había trovado cuando tenía catorce años para la revista
El Alma que Canta, bajo el título de El ciego del violín. Manzi dotaría a sus tangos con una poesía maravillosa, de impar virtuosismo literario, manejado a la perfección en metáforas elevadas e imágenes de un raro y agraciado ambiente onírico. Sus letras de la década del veinte
(Viejo ciego, Triste paica) y del treinta (Monte
criollo, Manoblanca, El pescante, Milonga
sentimental, Milonga del 900) preludian la etapa de expresión máxima de sus últimos diez años.
Hacia 1927 comienza a difundirse un grupo de autores montevideanos, activos desde 1922, denominados
Troupe Ateniense. Fueron atenienses los poetas Víctor Soliño (1897-1983) y Roberto Fontaina (1900-1963); por lo general sobre músicas de Mondino, Matos Rodríguez o de los hermanos Collazo. Ellos demostraron que a diez años de
Mi noche triste la sonrisa podía ser otra vez posible. Algunas de sus obras fueron, además del citado
Niño bien, los tangos Garufa, Patoteros, Negro,
Mama yo quiero un novio, T.B.C. y otros.
Otros autores de la segunda mitad de la década del veinte fueron Benjamín Tagle Lara (1892-1932), a través de obras maestras como
Zaraza, Puente Alsina y Una tarde; Enrique Dizeo (1893-1965), cuyos comienzos (al igual que Tagle Lara) datan de 1920, logrando un interesante crecimiento a partir de 1926 con
Copen la banca; Armando Tagini (1906-1962), que hace Gloria,
Misa de once, Mano cruel y La gayola; Luis Bayón Herrera (1889-1956), luego director de cine, que trae
Un tropezón y Haragán (en colaboración con M. Romero); César Vedani (1906-1979), que en 1927 consigue un título primordial y divulgadísimo a nivel internacional:
Adiós muchachos; también es de este período José Pedro de Grandis (1888-1932), hacedor de versos además de violinista, como
Cotorrita de la suerte y Amurado; Lito Bayardo (1905-1986), que solo por
Duelo criollo ya hubiera merecido un lugar destacado entre los grandes; Héctor Pedro Blomberg (1890-1955) a través de valses, canciones y tangos como
La mazorquera de Montserrat y La que murió en París; Dante A. Linyera (Francisco Rímoli, 1903-1938), por
Boedo; y el eximio vate oriental Fernán Silva Valdés (1887-1975), que a nuestra música dejó por esta época las letras de
Agua florida y Clavel del aire.
© 2006, Héctor Ángel Benedetti. |