UNA MIRADA SOBRE LOS PRIMEROS VERSOS
QUE TUVO EL TANGO

Cuarta Parte
por Héctor Ángel Benedetti


La primera mitad de los años veinte favoreció la aparición de poetas que aprovecharon el sainete, ora incluyendo sus tangos en el teatro, ora desarrollando verdaderas escenas del sainete o del grotesco en una letra. El prolífico Alberto Vaccarezza (1886-1959) fue, evidentemente, uno de los más representativos de esta escuela, consecuencia de sus propias piezas dramáticas y de la gran herencia de Florencio Sánchez. Era imposible disimular ese legado. Vaccarezza, con una ductilidad tan amplia que le permitió abarcar, además del teatro, la creación de argumentos cinematográficos y guiones para radiotelefonía, negó al tango lo descarnado que podía hallarse en otros poetas: para él, la miseria era una “pobreza digna” o no existía. Como en sus sainetes, prevaleció lo pintoresco y no lo documental; pero al fin y al cabo nunca había pretendido una suerte de neorrealismo. Con La copa del olvido, El carrerito, Talán talán y varios más, y no siempre recurriendo al lunfardo, quedó como el acuarelista de un paisaje difícilmente separable del tango.

Talán, talán, talán...
Pasa el tranvía por Tucumán.
“Prensa”, “Nación” y “Argentina”,
gritan los pibes de esquina a esquina...

Más afines a Vaccarezza que a Celedonio Flores, otros poetas de esa generación que retrataron lo ciudadano con mayor o menor influencia del sainete fueron José González Castillo (1885-1937), Juan Andrés Caruso (1890-1931) y Manuel Romero (1891-1954).

González Castillo fue una personalidad polifacética; con desigual eficacia cultivó el teatro, la cinematografía y la poética. Para el tango creó Organito de la tarde, Griseta, El aguacero y otros versos eficientes, con una seductora pluralidad temática: el suburbio, el cabaret, el duelo, el campo, el bandoneón, Montmartre. Una magnífica imagen de Silbando, que se estrenó en 1925:

Y desde el fondo del Dock
Gimiendo un lánguido lamento
El eco trae el acento
De un monótono acordeón…

El periodista Caruso, que comenzara algo antes en la cancionística, escribió con una profusión admirable las letras de Alma de bohemio, Cascabelito, Ladrillo, La última copa, Nobleza de arrabal, Destellos, A contramano, Calandria, etcétera. Gardel le grabó 38 temas y Corsini 31. Dejó, asimismo, varias obras teatrales, y si no produjo aún más fue porque murió joven. He aquí una sentencia propia de la resignación del tango, que Caruso coloca en Sentimiento gaucho (1924): Sabe que es condición de varón el sufrir.

Romero también provenía del periodismo y del teatro; a él se debe la importación de la revista y más de cien piezas, para las que escribió sus propios tangos. Algunas de las creaciones de Romero, que posteriormente sería uno de los más importantes realizadores de nuestro cine, fueron El patotero sentimental, Buenos Aires, Nubes de humo, Tiempos viejos, La muchacha del circo y el conocidísimo Tomo y obligo. Otra: El rey del cabaret, que es de 1923:

Era un mozo bacán y arrogante
Bien peinado al Coty y con gomina...

Otra aparición al comienzo de la década es la Francisco García Jiménez (1899-1983). Desde su primer tango Zorro Gris (música de Tuegols) produjo Tus besos fueron míos, Bajo Belgrano, Mentiras, Farolito de papel, Alma en pena y el vals Palomita blanca, entre otros. Luego quedaría para siempre relacionado a las mascaradas: Siga el corso, Carnaval... Dice un pasaje de aquel Zorro gris:

Por eso toda tu angustiosa historia
En esa prenda gravitando está;
Ella guardó tus lágrimas sagradas…

Es de 1920. Sólo tres años desde aquel Percanta que me amuraste / en lo mejor de mi vida...

Al listado de los principales deben agregarse Samuel Linning (o Linnig, según la grafía) (1888-1925) con su Milonguita, poema cercano al primer Contursi; José Luis Panizza (1890-1927), que con Julián habilita un clásico del repertorio femenino; Alfredo Navarrine (1894-1979), por esa Galleguita que de tan trágica ya es cómica; Gabino Coria Peñaloza (1895-1975), con la hermosa sensibilidad nativista de Caminito y El pañuelito (y luego de Margaritas); y Enrique Pedro Maroni (1887-1957), colaborador junto a Contursi de La cumparsita y La mina del Ford.

Todos ellos son quienes mejor representan la letra del tango en el primer lustro de esa década llena de transformaciones.

Fin

© 2006, Héctor Ángel Benedetti.

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