UNA MIRADA SOBRE LOS PRIMEROS VERSOS
QUE TUVO EL TANGO
Segunda Parte
por Héctor Ángel Benedetti
No todas las letras de la primera época admitían la zafaduría. Otras, más
influidas por el teatral tango andaluz, sólo contemplaban el doble sentido, y a veces ni siquiera eso. Aunque no conviene entusiasmarse demasiado con la idea, podemos hablar de una corriente contemporánea un tanto más inocente, pero la elaboración es análogamente elemental. La diferencia perceptible es una moderación estilística. Uno de estos tangos anónimos (de los más antiguos que se han conservado gracias a la paciente búsqueda de los eruditos), con un título impreciso que tambalea entre
Señora casera, Tango de la casera y Tango de los
merengazos, dice en un dueto
—Señora casera,
¿Qué es lo que s’arquila?
—Sala y antesala,
Comedó y cosina
con una limpidez ajena de picardía. Sería de 1880. El modo de expresarse es más común a un estereotipo de gitano que a un canfinflero. Y son estas letras, sumadas a la incierta música transmitida, las que indujeron a varios cronistas a pensar que el tango argentino desciende directamente del tango andaluz, cuando en realidad sólo tiene puntos de contacto.
Hacia 1885 surge El Queco (o
El Ke-Ko, o El Keco...), en el que sin plena seguridad se cree ver la mano de Lino Galeano. La música no es demasiado diferente a la de
Señora casera, pero en los versos aparece una palabra como
china. En la antigua germanía española significaba “dinero”; aquí el criollo la emplea con el sentido de “mujer”.
A medida que la música se fue separando de ritmos como la polca y la mazurca, la letra también fue cambiando. No obstante, la modalidad zarzuelera seguía vigente en una fecha tan tardía como 1910, a juzgar por las grabaciones de Flora Rodríguez y de Ángel Villoldo, entre otros. Luego continúa esporádicamente en el repertorio de españolas como Raquel Meller y finalmente, después de 1920 y con el afianzamiento de la forma definitiva, desaparece del todo. La otra, la “indecente”, nunca llegó a imponerse más allá de la patota.
Una letra de 1903 indica con lucidez que las cosas han cambiado. Se trata de
El porteñito, de Villoldo. En este tango está prácticamente todo lo de sus pares de aquellos años: la ciudad de Buenos Aires, el culto de la guapeza, la mina y un copioso y achispado lunfardo. Dos años después el mismo Villoldo impone
La morocha, con música de Enrique Saborido, y surge inmediatamente la comparación. Nada tiene que ver con
El porteñito: en ella están el campo, la dulzura femenina, el gaucho y unas escasas voces rurales. Entre sí sólo comparten la evidente génesis de transición, que obliga a cantarlos casi como si fueran cuplés. Pero
La morocha no significa un retroceso, ya que con ella —sin descartar algún intento previo— el tango incorpora el elemento folklórico.
Con El taita, de Silverio Manco sobre música de Alfredo Gobbi padre, apreciamos nuevamente un habla alegremente canallesca. Data de 1907. Palabras como
escabiar, meneguina y calaveriando copan el terreno tanguero sobre las naderías de
Ar salí los nazarenos y la vulgaridad pornográfica de Con qué trompieza que no dentra; el lunfardo (ya no como cosa decorativa, sino como verdadera forma de expresarse) es, junto al bandoneón, la adquisición más importante que hace el tango entre 1880 y el estreno de
Mi noche triste. Aún no hay historias en estas letras; comúnmente se limitan a la descripción de un personaje en estilo autobiográfico y camorrero. Así, en el mismo
Taita leemos con provocativa afirmación que
Si me topan me defiendo
Con mi larga fariñela,
Y me lo dejo al pamela
Como carne de embutir.
No dista demasiado de otro tango, siete años anterior, titulado
Don Juan o El taita del barrio (versos de Ricardo Podestá con música de Ernesto Ponzio). Llegando al final de la primera estrofa, el compadrito informa que
...Si voy por los Patricios / Se acobarda el más valiente. Este uso de la primera persona es el que hallamos en el citado
Porteñito, donde también hay una soberbia insolente, un convite al desafío:
Soy terror del malevaje / Cuando en un baile me meto. Y hasta en la misma
Morocha de 1905, donde la paisanita de mirar ardiente necesita mostrar superioridad:
Yo soy la morocha,
La más agraciada,
La más renombrada
De esta población.
Pavaditas de compadre, no más, que después de Pascual Contursi nadie tomó en serio.
© 2006, Héctor Ángel Benedetti. |