UNA MIRADA SOBRE LOS PRIMEROS VERSOS
QUE TUVO EL TANGO
Primera Parte
por Héctor Ángel Benedetti
Afirmar, como lo hizo una legión de cronistas, que el tango nació de manera puramente instrumental y obtuvo la poesía recién en 1917 con
Mi noche triste, es —por lo menos— una apresuración útil a la hora de dar un nacimiento puntual, pero inexacta cuando de historiar se trata. Esta desatención es llamativa; los cronistas futuros verosímilmente no dejarán de preguntarse por qué a cien años de la aparición de esta actividad ya ha ganado la desmemoria.
Lo cierto es que poco y nada quedó documentado sobre las letras que tuvo el tango durante el siglo XIX, así como tampoco sobrevivió gran cosa de la música, de los intérpretes y hasta del origen mismo del vocablo
tango. Sobre esto último hubo centenares de discusiones etimológicas, algunas con más o con menos circunspección; triunfó la propuesta de un origen africano y esclavo, pero nadie estudió seriamente los dialectos de Cabo Verde o del Dahomey para sostener tal teoría con un fundamento lingüístico razonable. Y si de los intérpretes quedó el recuerdo cada vez más declinante de algún nombre sin apellido de pardo o mulato, de la música poseemos un archivo más bien grotesco conformado por partituras de géneros dudosamente emparentados con el tango, y por transcripciones que hicieran musicólogos de aquello que silbaba algún octogenario protagonista de esa etapa, que muy vagamente podía recordar la melodía de
Andate a la Recoleta o de Dame la lata. Incertidumbre y anonimatos son una constante para quien encare este período, que podríamos acotar entre 1880 y 1900, pero generosamente extensible entre 1850 y 1910.
Puede polemizarse sobre cualquiera de los aspectos detallados arriba; lo único irrechazable es, parece, el origen del tango como danza. “Pero si el tango, que era puro derroche de piruetas, carecía de letra, los compadritos rápidamente se la improvisaban”, escribe José Gobello.
La palabra “improvisación” en nuestra música sugiere enseguida un trabajo payadoril; nada de eso hay en la práctica tanguera de entonces. El compadrito no rima en décimas un tema sugerido, ni gana la admiración por su habilidad. Lo que desea es hacerse notar halagando una acrobacia rival (o propia) en el baile; las más de las veces, hay en él hay una necesidad de demostrar guaranguería a través de una cuarteta. Un salón de baja o nula categoría, o directamente un lupanar, debió ser el sitio donde por primera vez un ignorado compadrito presenció un paso espectacular y fatalmente cometió rima.
La metamorfosis hacia la letra de tango, que se limitó en un principio a acoplar esos versitos a una música que aún estaba por definirse, puede registrarse sin muchas dificultades hacia las dos últimas décadas del siglo XIX. Son obras de transmisión absolutamente oral, porque nadie se atrevió a editarlas. El lenguaje era imposible; en el mejor de los casos, cuando unos pocos años después fue inevitable imprimir partitura, se lo hizo con la música sola y hasta los títulos mismos debieron adecentarse. Pero la transparencia era ya una batalla perdida: en la década del treinta, cuando Héctor y Luis Bates escriben el primer libro de historia del tango, rescatan algunas de esas letras reemplazando las palabras más prostibularias, y apenas si consiguen ocultar lo procaz del original. Los Bates no pretenden una versión
ad usum delphini, porque ellos mismos reconocen que cualquier lector memorioso podrá ver el poema libre de pacaterías. Donde escriben
Señor comisario,
Señor comisario,
Deme otro marido,
Porque este que tengo
Porque este que tengo
No duerme conmigo
están penosamente disimulando el último hexasílabo. Y lo mismo aparece cuando otros reproducen el clásico
Por salir con una chica
Que era muy dicharachera
Me han quedado las orejas
Como flor de regadera
o aquella muy posterior adaptación que hiciera Juan Caruso, donde “cara” reemplaza a otra parte del cuerpo femenino:
Cara sucia, cara sucia, cara sucia,
Te has venido con la cara sin lavar…
© 2006, Héctor Ángel
Benedetti. |